El biólogo Rómulo Oses encontró en la Antártica unos raros hongos y bacterias que permiten a las plantas sobrevivir en condiciones extremas. Con ellos quiere enfrentar uno de los grandes desafíos de nuestra agricultura: la sequía que afecta al norte chileno.

Aunque las plantas se mueren sin agua, en un lugar tan extremo como el desierto de Atacama —el más árido del mundo—, algunas de ellas son capaces de germinar en abundancia, hasta cubrir con flores la tierra seca. Un fenómeno bello y extraño, que el biólogo Rómulo Oses, de 45 años, ha mirado con atención: con un grupo de investigadores de la Universidad de Atacama busca hongos y bacterias que las ayuden a vivir en condiciones extremas. Un viaje que lo ha llevado a buscarlas en otro desierto, enorme y congelado: el continente antártico.

Esa búsqueda comenzó una mañana de 1996, cuando Rómulo estaba terminando su Licenciatura en Biología de la Universidad de Concepción, y el químico Jaime Rodríguez —entonces director del Centro de Biotecnología—, lo llamó a su oficina. Hasta ese momento, habían estudiado juntos algunas estrategias para retardar o bloquear los procesos de degradación causados por hongos xilófagos, que se alimentan de madera. El joven estudiante llegó a la oficina de su profesor, y éste le habló de una invitación que había recibido para investigar un año en Japón. Lamentablemente, sus compromisos en Chile le impedían aceptarla.

—¿Quieres pasar todo el próximo año en Japón? —preguntó el profesor—. Tienes hasta las tres de la tarde para responderme.

—Fue una cuestión que me partió la cabeza —cuenta Oses, al teléfono desde Copiapó, en donde investiga para el Centro Regional de Investigación y Desarrollo Sustentable de la Universidad de Atacama—. En tres horas tuve que decidir lo que a la larga cambió mi vida.

Rómulo Oses es investigador de la Universidad de Atacama.

El año en el país asiático, cuenta el microbiólogo, cambió por completo su manera de entender a los hongos. Como parte del Instituto Nacional de Recursos y Medio Ambiente, en Tsukuba, le encargaron que investigara los mismos hongos xilófagos que había intentado erradicar en Chile, por ser nocivos para la madera, pero con un objetivo opuesto: aprovechar su apetito para limpiar las aguas contaminadas por las fábricas de celulosa. Ese cambio de foco guiaría todas sus investigaciones posteriores a una pregunta: cómo transformar a los hongos en un aliado.

—A mí me fascinan por su potencial —dice el investigador—. Son los recicladores por excelencia en todos los ecosistemas y tienen aplicaciones que van desde la medicina hasta la formación y estabilización de suelos. Yo me siento en un patio de juegos con estos microorganismos.

Con esa idea en mente, regresó para hacer su doctorado en Ciencias Biológicas en la Universidad de Concepción. Allí, Rómulo leyó sobre los hongos endófitos, unos asombrosos organismos capaces de vivir al interior de una especie vegetal sin causarle enfermedad, ni hacerle ningún daño. El biólogo, fascinado por las posibilidades que podía brindar un hongo tan sofisticado, imaginó a las plantas como hoteles que los alojaban, y se preguntó si estos pagarían su estadía: es decir, si le darían algún beneficio a sus hospederas.

—Ahí comienza la línea de investigación que me llevó a la Antártica: entender por qué hay plantas en ambientes muy extremos, como la alta montaña, el desierto o el continente blanco, que pueden sobrevivir a condiciones tan adversas, como temperaturas y climas extremos, períodos de sequías y grandes inundaciones —dice el microbiólogo—. Mi idea era que los hongos podían estar confiriendo ventajas y protección a las plantas. No estaban ahí porque sí.

 

“Los experimentos demostraron que los hongos se refugian en la planta y les brindan a cambio protección, modificando sus estrategias de defensa contra otras amenazas. Es como si se transformaran en sus guardaespaldas”, dice el biólogo Rómulo Oses.

 

En el continente blanco existen solo dos especies capaces de sobrevivir en esas condiciones, transportando el agua disponible y minerales desde la raíz hasta las hojas: el clavelito y el pasto antártico. Ninguna otra soporta suelos tan pobres en macronutrientes, con alta salinidad y expuestos a la radiación, donde el viento se lleva la poca agua que el verano alcanza a derretir. Con el apoyo de la Armada y el Instituto Antártico Chileno, en 2013 Oses dejó su laboratorio en Concepción para pasar un mes recogiendo raíces de pasto antártico entre arenales, rocas y musgos, con temperaturas bajo cero. Luego, para comprobar si esas raíces realmente tenían hongos que las estaban ayudando a sobrevivir, viajó otros 4 mil kilómetros hacia el norte, hasta los secos paisajes del norte chileno.

En cámaras especialmente aclimatadas en Centro de Estudios Avanzados en Zonas Áridas, en la La Serena, Rómulo y su equipo hicieron crecer por dos meses las colonias de hongos presentes en el pasto antártico. Mientras tanto, recorrió la región de Coquimbo en busca de semillas de arbustos locales, y las sembró en el invernadero. En total, germinaron 160, y a la mitad de ellas les aplicó hongos antárticos, regándolas con muy poca agua durante todo un año. Al resto, las dejó como estaban, y les dio agua abundante. El resultado lo dejó atónito: al final de todo, las que habían hospedado organismos sobrevivieron en mayor número —y con menos agua—, que las otras. Los hongos de la Antártida salvaron a las plantas del desierto.

—Los experimentos demostraron que los hongos se refugian en la planta y les brindan a cambio protección, modificando sus estrategias de defensa contra otras amenazas. Es como si se transformaran en sus guardaespaldas.

El clavelito y el pasto antártico son capaces de sobrevivir en las condiciones extremas de la Antártica.

Desde entonces, Rómulo Oses ha viajado varias veces a la Antártica, en busca de nuevos hongos y —aunque reconoce que ha resultado difícil entusiasmar a las empresas chilenas con una estrategia tan innovadora— ya consiguió aplicar  su método en un invernadero de la región de Coquimbo, que produce plantines de lechuga que más tarde se trasplantan, cosechan y venden en Santiago. El ofrecimiento del microbiólogo a los agricultores fue aplicar una fórmula a base de  sus microorganismos endófitos, que les permitirían a las lechugas y otras hortalizas resistir sequías y adaptarse mejor. De esta manera, además, ahorrarían entre un 20 y 25% de agua en la zona donde más hace falta en Chile.

Gracias a los hongos antárticos, cuenta el investigador de la Universidad de Atacama, las pequeñas lechugas siguen creciendo saludables pese a recibir un 25% menos de agua. Pero la sorpresa no fue esa, sino un descubrimiento posterior de los propios agricultores: al mover las lechugas desde el invernadero a los campos, suele producirse un “estrés por trasplante”, que puede matar hasta al 40% de los vegetales. Sin embargo, cuando trasplantaron las lechugas protegidas por los hongos, la pérdida cayó a la mitad: solo murió un 20% de ellas.

—Algo le ocurre al vegetal que va mucho mejor preparado y resiste de mejor forma el cambio o el trasplante, por lo que muere menos —dice el investigador, que hoy está probando nuevas fórmulas con microorganismos del desierto y la alta montaña—. Estamos hablando de mucho dinero ahorrado para la agricultura, y de una nueva forma de protegernos de la sequía.

Concepción y Japón, la Antártida, Coquimbo y Copiapó, el polo y el desierto: el microbiólogo Rómulo Oses ha dedicado gran parte de su vida a hacer que los extremos se toquen y establezcan relaciones simbióticas, de colaboración mutua, como la que hongos y plantas se prestan para sobrevivir, en los hielos eternos del fin del mundo o en el desierto en que crecen las flores.

 

Texto: Martín Venegas