El escarabajo elegante

Pololo verde (Hylamorpha elegans) posado sobre un vegetal.
  • 23 noviembre, 2019

En el sur de Chile hay un coleóptero nativo de comportamiento singular. Verde como las hojas en las que pasa el día, cada atardecer vuela en una danza frenética. El investigador Rubén Palma lleva años estudiando su delicado olfato, con la intención de influenciarlos para que no amenacen a los cultivos.

 

En las cercanías del Centro Carillanca, Región de la Araucanía, sede del Instituto Nacional de Investigaciones Agropecuarias (INIA), el científico Rubén Palma camina por el campo buscando a quienes serán los protagonistas de su investigación. Es el fin de la temporada invernal, él hunde sus dedos en la tierra y busca larvas en forma de C de hasta cinco centímetros, color blanco perlado. Luego las lleva a su laboratorio. Son ejemplares de lo que campesinos de la zona llaman el “gusano blanco”, que corresponde al estado larvario del Hylamorpha elegans —del latín, elegante—, un escarabajo conocido como Pololo Verde o San Juan. Palma los cuida, los hace crecer hasta que se convierten en adultos, para luego estudiar cómo, molecularmente, estos insectos perciben el mundo a través de olores.

Puede parecer un objetivo muy abstracto, pero lo que busca Palma —que es ingeniero agrónomo y doctor en Ciencias de Recursos Naturales— podría tener una aplicación concreta en la agricultura chilena. Tiene que ver con el extraordinario olfato de estos insectos nativos de nuestro país y parte de Argentina, que recibe dos importantes señales: dónde hay comida y con quién aparearse.

—Si llegáramos a entender los principios que gobiernan la capacidad de estos insectos para discriminar lo que les gusta o sus modos de encontrar pareja, ¿podríamos hackear su sistema olfativo para reducir el impacto que tienen sobre los cultivos? —se pregunta el investigador.

 

En el campo, los pololos se camuflan sobre robles y raulíes. Al atardecer, todos vuelan frenéticamente, como si se pusieran de acuerdo. Luego de 30 a 40 minutos, otra vez todos se posan sobre el árbol para caminar, comer, encontrar pareja o dormir. Es lo que Rubén Palma llama “comportamiento crepuscular”.

 

Cómo intervenir químicamente sus hábitos alimentarios y sexuales, sin utilizar insecticidas; esa es la pregunta que se hace el ingeniero agrónomo mientras camina por el campo. Aún no tiene la respuesta, pero sí una certeza: los pololos verdes tienen una sola generación de larvas por temporada. Si no resuelve sus interrogantes, tiene que esperar al siguiente año para retomarlas.

En algunos terrenos de Trumao de las provincias del sur de Chile, causan grandes estragos en los sembrados de trigo, las larvas de dos coleópteros de la sub-familia Melolontideos, designados vulgarmente con el nombre de el gusano que pica el trigo. Así comienza un artículo de 1904 de la Revista Chilena de Historia Natural, firmado por el naturalista Manuel J. Rivera, probablemente la primera investigación jamás hecha sobre el pololo verde. Desde entonces, durante este siglo y el anterior, el insecto nativo ha representado un peligro para los cultivos de distintos cereales. El mayor problema son las larvas que deja enterradas en la tierra, que para crecer necesitan una gran cantidad de nutrientes. Si no los encuentran, suelen comerse las raíces de cultivos de gramíneas. Por eso, muchos agricultores hablan de la plaga del “gusano blanco” en sus cultivos.

—Estamos acostumbrados a escuchar que en la medida en que las áreas naturales desaparecen, también las especies nativas van reduciendo sus áreas de distribución —dice Palma—. Eso pasa con los mamíferos grandes, pero para el pololo, el hecho de que hayamos reemplazado bosque por cultivos aumentó la oferta de comida para ellos, y entonces pasaron a convertirse en plaga.

El pololo verde habita entre las regiones de Coquimbo y Los Lagos, y en la zona sur-oeste de Argentina. (Crédito: Ernesto Cisternas, INIA La Cruz).

Cuando se le pregunta si lo que está tratando de hacer es evitar que los pololos se apareen, Rubén Palma se ríe, asiente, pero explica que la Ecología Química es mucho más que eso.

—Se trata de entender las relaciones químicas entre los organismos y el medioambiente. El sistema del olfato es el más relevante en los insectos, lo usan para encontrar comida, refugio, pareja. Las feromonas son sustancias químicas que actúan a nivel intraespecífico y que sirven a los insectos como señales, comunicación. Estudiamos las feromonas sexuales para tratar de modificar la conducta reproductiva y de esa manera reducir el impacto sobre las plantas.

En el campo, los pololos se camuflan sobre robles y raulíes. Su cuerpo es verde y brillante, como las hojas de sus árboles favoritos. Al atardecer, todos vuelan frenéticamente, como si se pusieran de acuerdo. Se mueven en distintas direcciones, sin destino fijo, permaneciendo cerca de las ramas. Luego de 30 a 40 minutos, el zumbido de su vuelo se detiene y otra vez todos, siguiendo una orden que los humanos no alcanzamos a percibir, se posan sobre el árbol para caminar, comer, encontrar pareja o dormir. Es lo que Rubén Palma y sus colegas llaman “comportamiento crepuscular”, una acción coordinada justo al ocaso, cuya lógica también es un interés de esta investigación.

—Es como si hicieran una fiesta sobre el árbol, porque ahí hay comida y es el lugar donde los machos encuentran a las hembras. Nosotros queremos saber por qué lo hacen —dice el científico.

 

“Si llegáramos a entender los principios que gobiernan la capacidad de estos insectos para discriminar lo que les gusta o sus modos de encontrar pareja, ¿podríamos hackear su sistema olfativo para reducir el impacto que tienen sobre los cultivos?”, dice Ruben Palma.

 

Su investigación fue parte de un proyecto Fondecyt de Iniciación, desarrollado entre 2015 y 2018. Si bien se trató de un acercamiento exploratorio, alcanzó a levantar información valiosa de la que no se tenía conocimiento previo, ya que al tratarse de un escarabajo nativo, sus características no son homologables a otras especies más estudiadas. Utilizando bioinformática, Palma logró estudiar millones de secuencias genéticas de células ubicadas en antenas, patas y palpos, un órgano sensorial cercano a su boca. Con ellas, pudo inferir características de las proteínas que comandan su olfato y, por tanto, comenzar a entender su reconocimiento sexual y búsqueda de comida.

Aunque el financiamiento terminó y con ello quedaron preguntas inconclusas, el investigador espera retomar sus resultados y avanzar hacia posibles aplicaciones. Su meta es identicar las sustancias que median en la búsqueda de plantas hospederas y parejas para reproducirse. De esa forma, quiere ayudar a desarrollar una agricultura más amigable con el medioambiente: evitar la aplicación de insecticidas que contaminan el suelo y el agua, dañan la salud de trabajadores y trabajadoras, y actúan de manera inespecífica, eliminando a otras especies que forman parte de los ecosistemas.

 

Texto: Belén Fernández

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