“Tal vez una solución para dar el salto necesario y salir del extractivismo sea incentivar a los estudiantes a realizar investigación escolar, motivarlos a identificar problemas reales y cercanos y dejarles imaginar cómo enfrentarlos”, señala el autor. 


Por: Daniel Piñones Tapia

Asesor Pedagógico, PAR Explora de CONICYT Coquimbo 

Docente, Magister en Ciencias Biológicas mención Ecología Zonas áridas

 

Recurrente es ver a través de los medios de comunicación las cifras de crecimiento económico e indicadores de desarrollo y de calidad de vida para la población chilena. Incluso nos encontramos en la posición 25 en el ranking de felicidad, ¿sorprendente, no? Aunque es fascinante intentar explicar por qué no estamos entre los top 10 de felicidad en el mundo, en este breve artículo expondré como punto de partida algunas cifras relacionadas con la actividad económica de Chile.

Las principales actividades económicas de Chile son de carácter extractivo, esto quiere decir que se explota un recurso, se prepara para la exportación y se vende en grandes volúmenes. Ejemplo de ello es la industria del cobre, el oro, la plata y el litio entre los principales minerales; a nivel forestal se exporta madera y celulosa; y entre los productos de exportación de la industria agropecuaria y de alimentos, las frutas y salmones son las estrellas. En la  figura que acompaña este artículo se puede ver el detalle de las exportaciones en Chile.

El “extraer” los recursos para su posterior venta no implica mucha inversión para el gran empresario, ya que solo basta con encontrar una gran veta de mineral (u otra materia prima) para explotarlo y especular sobre su precio en el mercado internacional. Este tipo de economía de carácter “extractivista” o “rentista”, genera poco empleo y además, promueve la acumulación de riquezas en las grandes elites dueñas del recurso, los cuales habitualmente son adquiridos a través de un dudoso proceder.

Para hacer frente a esta realidad, las políticas de estado han impulsado una serie de medidas de subsidio que fomentan iniciativas privadas, tanto de empresas e industrias ya instaladas o de innovadores que desean emprender. Pero pese a todo el esfuerzo invertido, lo implementado ha resultado ser poco eficaz, ya que la economía nacional es dominada por una industria que no desea que el país salga del subdesarrollo y de una actividad netamente extractiva, al desarrollo y a incorporarle un valor agregado a los productos de exportación.

Una de las principales barreras para esto último es que se requiere de un salto cualitativo y cuantitativo en el recurso humano, debemos pasar de la preparación de mano de obra a la formación de capital humano avanzado con un profundo conocimiento científico y tecnológico, tanto a nivel técnico como de formación científico-humanista. Lamentablemente, todas las señales parecen apoyar el mantener el extractivismo como cimiento de la economía nacional. Una de estas señales, proviene de las políticas educativas de estado, las cuales se han encargado de que la educación técnica se centre en la producción de mano de obra, los cursos que se imparten son principalmente  para enseñarles tecnicismos para la producción, dejando de lado el desarrollo de la capacidad creativa de los estudiantes para buscar soluciones a problemas cercanos y reales. Es más, los estudiantes de la educación técnica de este país gozan de menos horas lectivas de ciencias naturales y tecnología, mientras que la lógica nos debería llevar por un sentido diametralmente opuesto.

Pese a este desalentador escenario, existen ejemplos que se escapan de la norma. A nivel regional, la educación técnica parece tener mucho que decir. Ejemplo de ello son los estudiantes del Liceo Carmen Rodríguez de Tongoy, quienes han implementado la investigación científica escolar en sus planes curriculares para la acuicultura. Con cierta libertad de acción, se les ha incentivado a “observar” problemas ambientales y de producción en acuicultura, y “proponer” soluciones a través de un proyecto de investigación. Cultivos acuapónicos, estudios de los estadios larvarios del ostión y el efecto de la acidificación de los océanos sobre los moluscos forman parte de sus líneas de trabajo.

Pero pese a todo el esfuerzo invertido, lo implementado ha resultado ser poco eficaz, ya que la economía nacional es dominada por una industria que no desea que el país salga del subdesarrollo y de una actividad netamente extractiva, al desarrollo y a incorporarle un valor agregado a los productos de exportación.

Por otra parte, y ahora en el liceo Politécnico de Ovalle, estudiantes de tercer y cuarto medio han desarrollado un proyecto de investigación escolar que busca el reciclaje eficiente de las aguas grises, a través de un sistema que permite filtrar y limpiar las aguas grises y reutilizarlas para uso en agricultura, así se espera aprovechar al máximo un recurso escaso en la comuna de Ovalle. Para ello han diseñado, involucrando estudiantes de distintas especialidades, un prototipo para filtrar y reciclar las aguas grises del establecimiento. Sin bien parecen ser proyectos bastante específicos, debemos entender que en el proceso de investigación escolar los estudiantes no solo siguen pautas y manuales para la aplicación de una técnica, al contrario, las habilidades y actitudes vinculadas al quehacer científico se robustecen paulatinamente.

Los y las estudiantes se enfrentan a problemas cotidianos y cercanos (producción acuícola y escasez de agua), deben plantear soluciones o hipótesis para resolverla, ponerlas en práctica, recabar y analizar datos, proponer explicaciones plausibles y finalmente comunicarlos dentro de la comunidad, ¿les parece conocido la serie de pasos realizados?

Tal vez una solución para dar el salto necesario y salir del extractivismo sea incentivar a los estudiantes a realizar investigación escolar, motivarlos a identificar problemas reales y cercanos y dejarles imaginar cómo enfrentarlos. Recordemos que ellos serán quienes decidirán el futuro de la economía en Chile y entregarles las herramientas cognitivas para hacerlo es nuestra responsabilidad.

*Este artículo apareció en la edición 9 de la Revista El Explorador, vea más publicaciones acá. 

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