El invernadero geotérmico de la Patagonia

Invernadero geotérmico
  • 25 septiembre, 2019

Una inédita alianza entre el Centro de Excelencia en Geotermia de Los Andes y Gendarmería permitió que convictos cultivaran lechugas en un invernadero geotérmico de Aysén.

 

Las fotos exhibidas eran alucinantes. Hermosos tomates de invernadero en medio de parajes rodeados de nieve. Rojo intenso sobre fondo blanco. Fue durante la exposición de unos investigadores islandeses, en el Congreso Mundial de Geotermia en Australia, en 2015, cuando esa luz que anticipa una buena idea —y que imaginamos como una ampolleta resplandeciente sobre nuestras cabezas— iluminó a los miembros de la delegación chilena del Centro de Excelencia en Geotermia de Los Andes (CEGA).

—Fue lo más extremo que vimos y nos impactó —explica el geólogo Diego Morata, director del centro, apoyado por CONICYT—. Sabíamos de los invernaderos geotérmicos en Nueva Zelanda, aplicados al cultivo de flores, en un clima amigable, pero verlos en un clima extremo, rodeados de nieve, nos pareció que era una idea que podíamos aplicar en el sur de Chile, a través de una experiencia piloto, con beneficios directos a la comunidad.

Para entonces, ya habían realizado un completo análisis de la Región de Aysén y su potencial geotérmico, tras la adjudicación de un Fondo de Innovación para la Competitividad (FIC), financiado por el Gobierno Regional. Pero el inicio no fue fácil. Morata, experto en petrología y geoquímica, recuerda que muchos pensaban que estaban locos.

Diego Morata, director del Centro de Excelencia en Geotermia de Los Andes.

—Nos decían que en Aysén no hay volcanes, pero no son necesarios para obtener energía geotérmica —asegura Morata—. El potencial de Chile es ilimitado: somos un laboratorio natural y en la cordillera existen procesos geológicos de gran calor. Los terremotos son una prueba de la cantidad de energía que hay bajo nuestros pies. Sólo hay que encontrarla.

Con el estudio de potencial geotérmico concluido, los investigadores del CEGA elaboraron una suerte de mapa calórico, en el que especificaron los sectores en que se podían instalar bombas de calor geotérmicas. Las autoridades regionales encontraron valiosa la investigación y les propusieron pasar a una etapa de ciencia aplicada. Habían inoculado el “bichito” de la geotermia en la región.

En 2016, para fortuna del proyecto, el CEGA —que es un centro Fondap y tiene sus oficinas en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile—, se ganó un Fondo de Acceso a la Energía (FAE) para financiar sus invernaderos geotérmicos. Pero uno de los requisitos que estableció el Ministerio de Energía, cuenta el investigador, fue que la iniciativa tuviera un fuerte componente social. Debían encontrar un lugar adecuado donde ejecutar el plan, y la alianza se gestó casi por casualidad.

Morata no recuerda quién, pero alguien de la zona les comentó a los investigadores que antes de llegar a Puerto Aysén había un recinto de Gendarmería, donde los convictos cultivaban lechugas en invernaderos, y con las ventas se autosustentaban. Fue así como encontraron el lugar ideal para el proyecto: el Centro de Educación y Trabajo Valle Verde, en el kilómetro dos del camino que une a Puerto Aysén con Coyhaique.

La experta en comunicación del CEGA, Sofía Vargas, asegura que con los invernaderos geotérmicos los presos ganan una cosecha más al año.

—Antes tenían que dejar de cultivar de marzo a septiembre —dice—, o si lo seguían haciendo, la producción era muy lenta, perdiendo prácticamente esos meses. Ahora, en cambio, tienen cuatro cosechas en el año.

 

“El potencial de Chile es ilimitado: somos un laboratorio natural y en la cordillera existen procesos geológicos de gran calor. Los terremotos son una prueba de la cantidad de energía que hay bajo nuestros pies. Sólo hay que encontrarla”, dice Diego Morata.

 

El milagro técnico que genera esa productividad agrícola es la bomba de calor geotérmica, que permite extraer el calor del subsuelo a través de un sistema de colectores horizontales o bien de pozos someros —de poca profundidad—, con mayor eficiencia. Morata explica que el sistema de es muy similar al de los frigoríficos, ya que el calor capturado del subsuelo se traspasa a un líquido que luego pasa a estado gaseoso. Una vez que esto sucede, el gas es comprimido y aumenta su temperatura, lo que permite calefaccionar distintos espacios y superficies o, como sucede en el caso de los invernaderos, mantener una temperatura constante en su interior.

El sistema se denomina de uso directo, y es más sencillo —y barato— que montar grandes plantas geotérmicas. Por eso, está ganando adherentes en todo el mundo, sobre todo gracias a su capacidad descontaminante.

El invernadero del Centro de Educación y Trabajo Valle Verde, cerca de Puerto Aysén.

—Se ha transformado en un foco súper importante y con un potencial enorme; no sólo a través de la seguridad alimentaria que proveen los invernaderos, sino también para disminuir el uso de la leña en ciudades contaminadas, como Aysén o Coyhaique, generando una calefacción limpia en un contexto de cambio climático —asegura Sofía Vargas.

El CEGA pudo desarrollar esta última arista luego de la aprobación de otro Fondo de Innovación para la Competitividad (FIC), financiado por el Gobierno Regional, para calefaccionar el Liceo Bicentenario Altos del Mackay, en Coyhaique. Un proyecto que buscaba sacar la leña de la sala de clases y ayudar a la limpieza de una de las ciudades más contaminadas del país. Esta vez los investigadores optaron por utilizar un pozo de agua subterránea. El principio, asegura Morata, es el mismo.

—Le quitamos unos grados al agua, esa temperatura la utilizamos para la bomba, luego distribuimos ese calor por la sala de clases y al final reinyectamos el agua porque es un proyecto sustentable —explica.

Para Walter Muñoz, mayor de Gendarmería y jefe del Centro de Educación y Trabajo de Valle Verde, la experiencia de los internos con los invernaderos geotérmicos ha sido notable.

—Somos la única unidad en Aysén con producción de hortalizas en invierno —dice, al teléfono desde Puerto Aysén—. Esto no sólo refleja el gran potencial de la geotermia, sino las posibilidades de reinserción a través de actividades productivas que mejoran la vida de nuestros usuarios.

 

“Somos la única unidad en Aysén con producción de hortalizas en invierno. Esto no sólo refleja el gran potencial de la geotermia, sino las posibilidades de reinserción a través de actividades productivas que mejoran la vida de nuestros usuarios”, dice el mayor Walter Muñoz.

 

A través del proyecto “Chile de Todos y Todas”, del Ministerio de Desarrollo Social, el CEGA ha tenido la oportunidad de evaluar el impacto de la iniciativa en la comunidad. La investigadora Sofía Vargas asegura que la iniciativa ha generado un cambio en la imagen de los internos, debido a que los compradores interactúan con ellos, generando prácticas de socialización similares a las que podrían tener en libertad. De ahí la importancia, enfatiza, de establecer procesos idóneos de monitoreo.

—La innovación no es sólo traer una bomba de calor geotérmica e instalarla donde la necesiten —asegura—. Se trata de un trabajo transdisciplinario, en que participan diversos ministerios y la universidad. Es muy importante para nosotros monitorear este tipo de trabajos.

Los próximos invernaderos geotérmicos del CEGA se ubicarán en la región de los Ríos. La idea, cuenta Morata, es que sean más grandes. Como en Túnez, por ejemplo, en donde las estructuras ocupan varias hectáreas. Aunque el desafío mayor, admite el géologo, es otro: desarrollar en Chile proyectos que nos permitan calefaccionar ciudades enteras con energía geotérmica, y así ayudar a resolver la contaminación ambiental.

 

Texto: Claudio Pizarro

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