Bárbara Galetti, del Centro de Conservación Cetácea de Chile, lidera estudios sobre lesiones en la piel de las ballenas azules de Chiloé, que han comenzado a arrojar resultados preocupantes: la presencia de varios tipos de contaminantes persistentes en el tiempo.

Fotografía de una ballena azul de Chiloé afectada por contaminantes.

Lo notó hace doce años, mientras trabajaba en la foto-identificación de una población de 500 ballenas en el archipiélago de Chiloé: los enormes cetáceos estaban repletos de granos rugosos en sus pieles, usualmente tersas. Y aunque pensó que se trataba de una anomalía, no sopesó su significado hasta que presentó estas imágenes en un encuentro de especialistas de ballenas azules en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, en 2007. En ese momento, al ver el gesto de sorpresa de los investigadores de distintas partes del mundo, Bárbara Galletti, presidenta del Centro de Conservación Cetácea de Chile (CCC-Chile), se dio cuenta de que las lesiones en la piel de las ballenas azules chilenas eran más graves de lo que pensaba.

—Nosotros creíamos que podía ser una anomalía temporal, pero no lo era —explica la ingeniera civil industrial, de 40 años, dedicada hace dos décadas a la conservación de los mamíferos marinos—. Los investigadores nos dijeron que pusiéramos atención a la salmonicultura intensiva del sur de Chile, porque ya se habían reportado problemas en otros cetáceos de la zona, como el delfín chileno, que tenían lesiones muy similares.

Bárbara Galetti, presidenta del Centro de Conservación Cetácea.

Bárbara y su equipo decidieron estudiar de qué se trataba, enmarcando la investigación bajo el proyecto Alfaguara —comenzado por el CCC-Chile en 2004—, que hasta ese momento consistía en esfuerzos constantes de foto-identificación de las 500 a 700 ballenas azules que llegan cada verano a alimentarse al sur de Chiloé, para monitorear su salud y tendencia poblacional a largo plazo. El nombre del proyecto, Alfaguara, es el mismo que los antiguos cazadores de cetáceos le daban a la ballena azul. Con ese gesto, quisieron darle un nuevo sentido al viejo término ballenero: un sentido de conservación.

Lo primero que hicieron fue tomar muestras de piel y grasa de los animales enfermos, con el apoyo del Instituto de Conservación de Ballenas de Argentina. Para lograrlo, tuvieron que internarse mar adentro, lo suficientemente cerca de las ballenas para alcanzarlas con flechas especiales, modificadas para actuar como picaduras de zancudo que, al punzar la piel enferma, arrancan un trozo no mayor que la punta de un dedo meñique. Fue un proceso que requirió destreza y paciencia, cuenta Galletti, ya que cada muestra tenía que contener una parte con lesiones y otra sin ellas —para poder realizar exámenes concluyentes—, y el periodo de recolección se extendió desde 2009 a 2017. Esto, para tener la certeza de que estaban estudiando una población con heridas constantes en el tiempo.

En febrero de este año, publicaron en la revista Science of The Total Environment los primeros resultados del estudio de la grasa, cuyo análisis fue realizado por un equipo de la Universidad de Barcelona. El artículo, cuenta, confirmó lo que venían sospechando desde hace más de una década: que existen varios tipos de contaminantes persistentes en las ballenas azules que se alimentan en Chiloé. Estos contaminantes —PCB, PBDE, DDT y HCB— corresponden a químicos industriales para aislar y enfriar equipos eléctricos, retardantes de llama en plásticos y espumas, además de algunos insecticidas y fungicidas. Hoy, de la mano de investigadores internacionales, están profundizando el análisis para entender con mayor precisión los alcances del daño en la piel de las ballenas. En el hemisferio norte, otros estudios recientes en cetáceos han arrojado resultados aún más graves, lo que ha generado preocupación sobre la salud de estos mamíferos en el futuro.

 

“Los cetáceos son indicadores del estado de salud de los océanos, y los contaminantes que encontramos perduran en el tiempo. No es casual que las ballenas que habitan en Chiloé presenten estas lesiones, y las del norte no”, dice Bárbara Galetti, del CCC-Chile.

 

—La idea es realizar un estudio histopatológico o de PCR, que sirve para determinar qué virus o bacterias están presentes en la piel. Este estudio está siendo llevado a cabo por el mismo equipo de la Universidad de Barcelona que hizo el análisis de la grasa. Y tenemos otros en curso, para aprovechar las muestras: estamos obteniendo datos muy importantes de genética a través de la Universidad de Flinders, en Australia, con lo que podremos determinar si la ballena azul chilena es una población distinta de las que están en Oceanía o en la Antártica, o si existe una mezcla entre estas poblaciones.   

—¿Cuán alarmante es la presencia de contaminantes en las ballenas?

—Los cetáceos son indicadores del estado de salud de los océanos, y estos son contaminantes que perduran en el tiempo. Algunos datan de la década de los ochenta, como el DDT, un pesticida que se usaba en la agricultura y que hoy está prohibido. Los mayores niveles registrados fueron de PCB, un compuesto químico ocupado en transformadores eléctricos, considerado como uno de los doce contaminantes más peligrosos del planeta, que suele llegar al mar a través de los ríos. No es casual que los delfines y ballenas que habitan en Chiloé sean los que presenten estas lesiones, y las ballenas del norte no. La salmonicultura intensiva, además, está tirando antibióticos y tóxicos para limpiar jaulas continuamente, y eso también está generando un impacto en el ecosistema.

Una de las muestras de piel y grasa de ballena, que fueron analizadas por investigadores de la Universidad de Barcelona.

—¿Cómo actúan estos contaminantes en las ballenas?

—Se biomagnifican a través de la cadena trófica: un krill, por ejemplo, tiene menos contaminantes que la ballena que se lo come, que va acumulando estos tóxicos en su cuerpo. También va creciendo de madre a hijo, es decir, la cría va a llegar a tener mayor nivel de contaminantes que la madre. Los lactantes vienen con una carga de contaminantes previa, sin haber consumido nada: los tienen apenas nacen. La hipótesis que barajamos es que las hembras les traspasan estos niveles de contaminantes a través de la lactancia. Esa también sería la razón por la que pensamos que los machos tendrían mayores niveles de contaminantes que las hembras, que los eliminan a través de la leche.

—¿Qué consecuencias puede tener esto en el largo plazo?

—Creemos que podría llegar a afectar las tasas de reproducción, generar malformaciones de nuevas crías y daños internos de sus órganos. Luego de esta alerta, necesitamos volver a hacer el análisis en diez años más y ver cómo ha ido evolucionando. Monitorear a largo plazo si hay más o menos contaminantes, y cuáles serían los que estarían disminuyendo o aumentando. Estamos tratando de generar conciencia, ojalá tengamos sorpresas positivas.

 

Texto: José Miguel Martínez

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