Un equipo del proyecto ChileGenómico está realizando análisis genéticos y moleculares en la sangre de cuatro comunidades diaguitas, para resolver el misterio de su origen.

Entierro de un niño diaguita, junto a piezas de cerámica de su cultura, en el sitio El Olivar.

 

Quería saber más del origen ancestral de su pueblo: por eso José Domingo Rojas, presidente de la comunidad diaguita Emma Piñones, Hijos de Juan Godoí, de la localidad de Caldera, en la Región de Atacama, contactó al equipo de ChileGenómico. El dirigente había leído que la iniciativa, parte del Programa de Genética Humana de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, había secuenciado el genoma de otros pueblos originarios como los yámana y kawéskar, y él —junto a su comunidad, unas cincuenta personas— sentía que el pueblo diaguita no había sido tan estudiado como otras etnias más conocidas.

Por eso, en abril de 2018, Rojas viajó a Santiago y se reunió con el doctor en genética Ricardo Verdugo y el genetista de poblaciones Mauricio Moraga en el Instituto de Ciencias Biomédicas de la Universidad de Chile. En esa reunión, Rojas les expuso la inquietud que aquejaba a los miembros de su comunidad: si era posible determinar el origen ancestral de su pueblo, y el vínculo de su sangre con la de los diaguitas precolombinos, mediante un estudio genético. Verdugo y Moraga le explicaron que efectivamente podían tratar de responder esas preguntas con un estudio de sus patrones de diversidad genética, recabando información sobre cómo esa población en particular había cambiado en el tiempo, y qué vínculos genéticos tenían con otras poblaciones del pasado. Podían indagar, entonces, en preguntas que no eran posibles de abordar solamente con una mirada arqueológica.

Los investigadores Mauricio Morales, Paulina González y Ricardo Verdugo.

—Existían ciertas incertidumbres —comenta Verdugo, de 41 años, al recordar la reunión—, porque antes se pensaba que los diaguitas habían sido absorbidos por el mestizaje y ya no existían como etnia. Solo muy recientemente, en el siglo XXI, fueron reconocidas las primeras comunidades diaguitas, ya que tenían registros que existían desde la Colonia, pero hay muchas otras que no cuentan con ese tipo de documentos, y que no tienen nada que avale su vínculo ancestral con el pueblo diaguita.

 

La reunión movilizó a los genetistas, y pronto Verdugo contactó a la arqueóloga Paola González, experta en cultura diaguita y encargada de la recuperación de El Olivar, un sitio arqueológico de hace 1.300 años, ubicado al norte de La Serena. En esas tierras, ya se han encontrado vestigios de las culturas precolombinas molle, ánimas y diaguita. Un lugar que parecía ideal para comparar el ADN de las comunidades modernas con cuerpos del pasado.

La arqueóloga, que se unió al equipo de Verdugo, contactó a otras tres comunidades: la Molle-Cayco de San Félix, la Chupanky de Copiapó y la Asociación Diaguita Chac Tabil Tay de Villa Alemana. De ellas recibieron apoyo rápidamente, y no tardaron en embarcarse en este proyecto que logró recibir financiamiento del Grupo de Estudio de Arqueología y Antropología del Programa Fondecyt. Para Verdugo, líder del proyecto, la gran relevancia de la investigación radica en la posibilidad de completar el pasado oculto del pueblo diaguita:

 

“Dado que los diaguitas que habitaban el territorio chileno no dejaron registro escrito sobre su historia, lo único que podemos hacer es investigar su origen a partir de evidencias arqueológicas o genéticas”, dice Ricardo Verdugo.

 

—Dado que los diaguitas habitaban el territorio chileno no dejaron registro escrito sobre su historia, lo único que podemos hacer es investigar su origen a partir de evidencias arqueológicas o genéticas. En este caso, nosotros lo abordaremos desde el punto de vista genético, pero siempre conversando con la arqueología y las comunidades.

Representación de un hombre diaguita.

—¿Los genes son el mejor camino para entender esa historia olvidada?

—No es el mejor, es uno complementario a otros. Nosotros los utilizamos en conjunto con otras disciplinas. Las muestras de El Olivar las datamos con radiocarbono 14, lo que nos permite establecer su antigüedad, y usamos isótopos radiactivos para determinar la dieta que tenían individuos, incluso hace 1.000 a 4.000 años atrás. Además, con el análisis de los genomas antiguos y la caracterización molecular de los modernos, podemos establecer modelos ancestrales de migración y divisiones poblaciones. Así, por ejemplo, podemos saber qué tan conectados estaban los diaguitas de Chile con los de los Valles Calchaquíes del noroeste argentino. En el colegio se enseña que los diaguitas llegaron desde Argentina, pero hay nuevas evidencias arqueológicas que muestran que eso no es lo más probable.

—¿Esto podría refutar la teoría del origen argentino de los diaguitas?

—Ese vínculo de los diaguitas de Chile con los de Argentina se estableció porque existían patrones similares en los dibujos de la alfarería de estos dos grupos. Sin embargo, se han hecho estudios en Chile de excavaciones mucho más antiguas, provenientes de la cultura ánimas, en la Región de Coquimbo, que mostraron que esos patrones se pueden haber desarrollado a partir de esa cultura, y no como importación desde afuera. Nosotros vamos a poner a prueba esa hipótesis, viendo si los diaguitas tenían continuidad genética con los ánimas, ya que en el sitio de El Olivar también habían cuerpos de esa cultura.

 

“Queremos saber qué tan conectados estaban los diaguitas de Chile con los de los valles del noroeste argentino. En el colegio se enseña que llegaron de Argentina, pero hay nuevas evidencias que muestran que eso no es lo más probable”, dice el genetista.

 

—¿Qué tan antiguos son los restos descubiertos en El Olivar?

—El sitio podría haber estado ocupado entre el año 700 d.C. hasta el 1.500, pero vamos a hacer dataciones más exhaustivas. El sitio entrega tal profundidad, que nos permitirá establecer vinculaciones desde los ánimas hasta los diaguitas e incluso posibles nexos con los incas, que también estaban en esa parte del territorio durante aquella época.

Pieza de cerámica diaguita encontrada en El Olivar.

—¿Cómo se realiza un estudio genético de esa amplitud?

—Primero vamos a hacer un llamado a todas aquellas personas que quieran participar voluntariamente, y que sean miembros de comunidades diaguitas que existen actualmente en las regiones de Atacama y Coquimbo. Luego, tomaremos muestras de saliva y las llevaremos al laboratorio de ChileGenómico, donde extraeremos el ADN y realizaremos los ensayos moleculares. La idea es hacer estudios de alta precisión respecto de la ancestría de los individuos, comparándolos con otros datos que hemos ido generando durante años. Entonces podremos saber si están vinculados directamente con las poblaciones diaguitas del noroeste argentino o  si lo están, por ejemplo, con aimaras, coyas o pehuenches.

—¿Estos pueblos surgieron de un mismo grupo inicial?

—Es posible que porcentajes de su genoma puedan provenir de distintos orígenes, que puede ser aimara, mapuche o algo más cercano a diaguita. Estudiando los patrones de diversidad genética a lo largo del país, y entre los distintos pueblos originarios, nos hemos hecho la pregunta de hace cuánto tiempo que estas poblaciones han existido. Hace cuántos años se separaron los aimaras, pehuenches y huilliches. Hoy estimamos que hace 9.000 años atrás existía una población común entre ellos. Ahora bien, el componente diaguita nunca lo hemos estudiado, esta es la primera vez que se aborda: al final del proyecto vamos a poder determinar si ellos tenían un origen común con los demás, o un componente ancestral que era distinto a todos los que hemos estudiado en Chile.

 

Texto: José Miguel Martínez

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