La geóloga Tania Villaseñor estudia los sedimentos marinos, pequeños pedazos de roca que durante milenios fueron arrastrados montaña abajo, hasta el fondo del mar. Con ellos, quiere comprender cómo el paisaje de nuestro planeta responde frente al cambio climático.

Es difícil entender la historia del paisaje terrestre desde nuestra breve perspectiva humana. Como especie, apenas hemos existido un 0,003% de los 4.543 millones de años que tiene la Tierra. Su geósfera, voluble, ha tenido innumerables cambios a nivel terrestre y oceánico en un lapso de tiempo colosal: incluso antes de la aparición de las primeras formas de vida rudimentaria ya se encontraba en proceso de desarrollo. ¿Cómo, entonces, entender sus múltiples transformaciones? ¿Por dónde empezar a buscar esos retazos de historia? Tal vez la respuesta más clara se encuentre en los sedimentos, esos ínfimos materiales sólidos que, a pesar de su minúsculo tamaño, son poseedores de la historia geológica de nuestro planeta.

Así, al menos, lo entiende la geóloga Tania Villaseñor, ganadora del Premio L’Oréal UNESCO For Women in Science 2018, quien ha dedicado la última década de su vida a la investigación de sedimentos marinos, pequeños trozos de roca que fueron cayendo montaña abajo durante milenios, hasta quedar depositados en el fondo del océano. Esas partículas, las más antiguas a las que puede tener acceso un investigador del pasado remoto de nuestro planeta, son las que usa Tania para entender los cambios del paisaje terrestre.

La geóloga, ganadora del Premio L’Oréal UNESCO For Women in Science 2018, ha dedicado la última década de su vida a la investigación de sedimentos marinos.

—Básicamente lo que hacemos es reconstruir la historia de la Tierra —dice la investigadora, de 37 años—. Y en ese proceso, entendemos cómo se forman las cordilleras, cómo se producen los terremotos, cómo hacen erupción los volcanes, cómo ha cambiado el clima. Y también usamos los procesos geológicos que podemos observar hoy en día, que nos ayudan a especular sobre el registro geológico más antiguo.

Esa capacidad de observación es un elemento esencial de su oficio. Cuando entró a  Geología en la Universidad de Chile, recuerda Tania, todas las piedras le parecían iguales, pero allí aprendió a aguzar la mirada en busca de sus matices. En sus salidas a terreno, hacia la cordillera de Talca, fue entendiendo que mirar las montañas también es analizar la estructura de las rocas, examinar si el material se ha ido desprendiendo, comprender qué significa cada color de los que pueden componer los montículos que se alzan a lo lejos.

—El paisaje comenzó a verse diferente —explica—, porque ahora podía entenderlo. Y entendía también cuáles eran los procesos que habían formado ese paisaje, y que en ese proceso había tiempo involucrado. Ese es otro elemento que uno adquiere de la geología: la conciencia del tiempo.

Es justamente esa variable —el tiempo— la que mejor le permite comprender los cambios de la Tierra, porque al cruzarla con el análisis de las características del limo —pedacitos finísimos, microscópicos, de sedimento marino—, es posible imaginar cómo era el paisaje terrestre de hace miles de años. Tania comenzó a estudiarlo con muestras de la bahía de Mejillones, y siguió en su doctorado en la Universidad de Florida, en donde investigó durante cinco años los sedimentos desprendidos durante milenios de los glaciares de Nueva Zelandia, recogidos del fondo del océano por una expedición científica. Así, empezó a entender cómo responden los glaciares al clima, de qué forma van erosionando la montaña y en qué periodos de tiempo sus vestigios pueden llegar hasta el mar: las claves para reconstruir cómo ha cambiado un paisaje glacial en sus distintas etapas geológicas.

 

“Lo que hacemos es reconstruir la historia de la Tierra. Y en ese proceso, entendemos cómo se forman las cordilleras, cómo se producen los terremotos, cómo hacen erupción los volcanes, cómo ha cambiado el clima”, dice la geóloga.

 

Esos mismos conocimientos fueron los que decidió replicar en su regreso a Chile, en 2016, buscando desarrollar un área —la sedimentología marina— muy poco estudiada en nuestro país, pese a contar con características geográficas privilegiadas para hacerlo. Luego de conseguir financiamiento con un proyecto Fondecyt de postdoctorado, la geóloga ha dedicado los últimos dos años al estudio de los sedimentos marinos de la Patagonia, abordando el periodo de las últimas tres glaciaciones: 350.000 años de sedimentación.

—La Patagonia se ha cubierto de una capa de hielo gigante, y ese hielo ha crecido y se ha retraído en las glaciaciones. Entonces he tratado de responder la misma pregunta que había estado trabajando desde hace tiempo, desde dónde vino el sedimento y por qué fue así, pero también cómo los glaciares han respondido a los cambios del clima.

Este año comenzará un proyecto para estudiar los sedimentos en una cuenca del río Maipo, y observar cómo cambian en un año.

El cambio climático producido por el hombre es una de sus mayores preocupaciones. La investigadora dice que es un hecho que los glaciares están retrocediendo en todo el mundo, y que podemos esperar un escenario aún más adverso para los próximos años. Todo indica que el nivel de los océanos está aumentando, debido a las grandes masas de hielo que se transforman en agua, y esto podría afectar la circulación de los océanos, que transportan nutrientes, además de corrientes cálidas y frías a distintas partes de nuestro planeta.

—Entonces habrá problemas con los sistemas hídricos —explica—, pero también con las poblaciones costeras, las cuales se verán muy afectadas. Pero la pregunta esencial es: cuán rápido, o cuánto de los hielos que existen hoy se van a derretir. Dependiendo de si retroceden lenta o rápidamente, se darán diferentes escenarios de lo que puede suceder.

Debido a esa inquietud, en abril comenzará un proyecto piloto para estudiar los flujos de sedimentos en una cuenca del río Maipo, en la Región Metropolitana, para observar cómo cambian durante un año. Lo que busca entender es la procedencia exacta del sedimento, para evaluar las dinámicas de las cuencas y la potencial influencia en ellas del cambio climático. Este proyecto, que realizará junto a una ingeniero hidráulico y un geoquímico de Sernageomin, y con apoyo de un grupo de investigación de GFZ-Potsdam, será financiado con el dinero del premio L’Oreal UNESCO For Women in Science.

 

“Cuando suban los océanos habrá problemas con los sistemas hídricos, pero también con las poblaciones costeras. Pero la pregunta esencial es: cuán rápido, o cuánto de los hielos que existen hoy se van a derretir”.

 

Su mayor interés, cuenta, es enfocar sus futuras investigaciones hacia la influencia del hombre en el paisaje, en particular al estudio del Antropoceno: una nueva Era de la historia  terrestre —propuesta por el holandés Paul Crutzen, premio Nobel de Química, y aceptada por buena parte de la comunidad internacional—, que plantea que nosotros, los seres humanos, somos los grandes responsables del actual estado de la Tierra, los agentes modificadores que hemos llevado a nuestro planeta a ésta, su última etapa geológica.

—Yo quiero ser sedimentóloga del Antropoceno —dice Tania—. En el fondo, lo que quiero estudiar es cómo el sedimento se mueve ahora, como una forma de comprender  mejor cómo el paisaje responde al cambio climático actual y a la actividad humana.

Texto: José Miguel Martínez

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