Recibió los nombres Antü, Inti o Kran. Fue el gran creador, el protector, el rector de la lluvia y el tiempo. Su muerte, durante los eclipses, sembró el pánico. Todo eso fue el Sol para nuestros pueblos originarios y también un espejo de ellos mismos.

Nuestros pueblos originarios siempre miraron a las estrellas en busca de sentido. Wenu Mapu: así llamaban los mapuche a “la tierra del cielo”, habitada por dioses y residencia definitiva de los muertos. Un lugar donde las almas de los guerreros caídos en combate transmutaban en truenos y relámpagos, bajo el gobierno del Sol, dios del cielo, emblema inmortal y protector de aquellos que habitan la Ñuke Mapu —la Madre Tierra. Siempre con los ojos en el firmamento, los primeros pueblos que habitaron nuestro territorio alzaron la vista para observar —e interpretar— los ciclos de las estrellas, la Luna y el Sol.

Esa mirada fue la que cautivó a Sonia Montecino, Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, y la llevó a escribir junto a Catalina Infante el libro La tierra del cielo: lecturas de mitos chilenos sobre los cuerpos celestes. Los antiguos relatos sobre fenómenos cósmicos y cuerpos celestes, notaron, estaban repletos de interpretaciones antropomórficas.

En su publicación La tierra del cielo, Sonia Montecino abordó los mitos chilenos sobre los cuerpos celestes.

—En muchos casos se trata de antepasados y antepasadas que habitan el cielo —explica la antropóloga, de 64 años—. Hay una relación estrecha de las personas con los astros. El Sol, en tanto padre, antepasado y héroe mítico, se configura como un centro que hace posible la luz y la germinación, y constituye en muchos casos un espíritu tutelar de las comunidades. Casi siempre está acompañado de su par femenino, la Luna, componiendo un tejido familiar masculino y femenino que hace posible la reproducción de la vida.

La mayoría de los primeros pueblos que habitaron Chile coincidían en esa interpretación de género. Para los mapuche, el Sol y la Luna —Antü y Küyen— eran marido y mujer. Los aimaras nombraban al Sol Inti y a su hermana, la Luna, Killa, y consideraban a estrellas, cerros y volcanes como hijos de esa incestuosa pareja. Para los selk’nam, el Sol era un hombre, Kran, y estaba casado con Kra, la mujer Luna. De sus desavenencias constantes surgía el día y la noche: el Sol perseguía a la Luna y le lanzaba un leño ardiente en la cara, de ahí las marcas en su superficie. De acuerdo al libro Fin de un mundo: los selk’nam de Tierra del Fuego, de la antropóloga Anne Chapmann, el Sol, como principal divinidad masculina, era un símbolo patriarcal que justificaba la ceremonia del hain, rito donde los mayores revelaban a los jóvenes varones el secreto de la vida: que la sociedad selk’nam había sido originalmente un matriarcado donde las mujeres —disfrazadas de espíritus enmascarados— dominaban y humillaban a los hombres, hasta que estos descubrieron la verdad y las asesinaron a casi todas. Este relato contrasta radicalmente con la creencia que tenían los kawésqar, habitantes de la Patagonia occidental, que consideraban al Sol y la Luna como dos hermanas muy queridas. Una diferencia de miradas interesante, ya que ambos pueblos habitaban territorios no muy distantes. Montecino lo interpreta como un símil de las conductas de cada pueblo:

—En el caso selk’nam, conciben la creación del Sol y la Luna desde relaciones de género signadas por la violencia, construyendo un conflicto entre lo masculino y lo femenino; en el caso kawésqar, es un vínculo de sororidad que pone de relieve la importancia de las mujeres para que exista el mundo. Sin embargo, en términos estructurales, ambos mitos develan el hecho de que los astros fueron humanos que llegaron a esa “tierra del cielo”.

Para los mapuche, el Sol y la Luna eran marido y mujer. Los aimaras nombraban al Sol Inti y a su hermana, la Luna, Killa, quienes conformaban una incestuosa pareja. Para los selk’nam, el Sol era un hombre, Kran, y estaba casado con Kra, la mujer Luna.

Donde todos coincidían plenamente fue en ver al Sol como una divinidad central. El antropólogo Gabriel Pozo es un experto en cosmogonía mapuche. Junto a Margarita Canio, son autores del libro Wenu Mapu: astronomía y cosmología mapuche,  un estudio sobre la “tierra del cielo” realizado en base a entrevistas en mapudungun con los ancianos de nuestras comunidades mapuche. Estos relatos orales, ricos en detalles de un tiempo casi perdido, concuerdan en señalar al Sol —Antü— como una de sus deidades más importantes.

El antropólogo Gabriel Pozo es un experto en cosmogonía mapuche. Junto a Margarita Canio, son autores del libro Wenu Mapu: astronomía y cosmología mapuche.

—El Antü es una figura espiritual —explica Pozo, de 36 años—, al que se le dedican rogativas y se le da la importancia de ser el creador de gran parte de las cosas del mundo. Aunque no podemos decir que era su principal divinidad, porque los mapuche no tenían una jerarquía dentro de los dioses, sí tenían un respeto por igual a cada uno de los astros.

Para los aimaras, en cambio, el Sol estaba en el primer peldaño del escalafón celeste, y lo definían como un protector afectuoso que los guiaba por el camino correcto. También le imploraban la escasa lluvia que fertilizaba las áridas tierras del norte. Lo mismo ocurría con los selk’nam, que lo consideraban su más importante howenh —dios y antepasado—, y temían a los eclipses. Cuando ocurrían, los chamanes se vestían con una capa de guanaco y un tocado de finas plumas, y entonaban cantos hasta entrar en trance, para liberar su espíritu, acercarse al astro y asegurarse de que reinara nuevamente con todo su esplendor.

Los aimara hablaban de un Lupi Nakjanti (“Sol quemado”) para referirse a los eclipses de Sol.

El temor a la oscuridad era algo que compartían los pueblos originarios. En el libro Usos y costumbres de los araucanos, escrito en 1870 pero publicado recién el año pasado, el famoso naturalista francés Claudio Gay narra la enorme conmoción que causó a los mapuche un eclipse solar. Intimidados, cuenta Gay, todos se apuraron a coger piedras para lanzarlas contra el eclipse, en medio de horribles gritos y lamentos provocados por esa súbita oscuridad.

—La gente entraba en profunda desesperación —explica Pozo—. Aquellos que vivieron  de jóvenes un eclipse total, cuentan que sus efectos se podían escuchar en el entorno inmediato: cuando se oscurecía todo, dicen, gritaban hasta los pájaros y los animales.

Los mapuche llamaban Lai Antü (“la muerte del Sol”) a un eclipse, y le dedicaban cantos para que pudiera recuperar su fuerza. (Ilustración de  Wenu Mapu: astronomía y cosmología mapuche)

Los mapuche lo llamaban Lai Antü (“la muerte del Sol”), y le dedicaban cantos para que pudiera recuperar su fuerza. La misma preocupación invadía a selk’nam y aimara; estos últimos hablaban de un Lupi Nakjanti (“Sol quemado”). Edmundo Magaña, prolífico antropólogo fallecido en 2013 y estudioso de los aimaras, escribió que éstos creían que los eclipses eran causados porque la Luna, que estaba hecha de agua, luchaba con el Sol y lo iba derrotando. Para ayudar al astro en esa batalla, encendían fogatas en lugares altos. Tanto ellos como  los mapuche consideraban que un eclipse solar podía causar nacimientos monstruosos en las mujeres embarazadas que lo contemplaran, y era presagio de una catástrofe irreparable: una guerra sanguinaria, la muerte de un gran cacique o un desastre natural. Esto último es una creencia que los mapuche más viejos sostienen hasta hoy. Sonia Montecino cree que los eclipses solares ponían en cuestión un tema de reciprocidad: si el Sol se ocultaba y no permitía que germinara la vida, lo que acontecía entonces era la muerte.

—En muchas narraciones orales —dice— se encuentra este temor a que el eclipse perdure y provoque un caos en la naturaleza, en el espacio donde se desarrolla la vida. Por eso se efectúan ritos propiciatorios: para que vuelva la luz y todo siga en equilibrio.

—El Sol les permitía la organización del tiempo diario, así como la organización de las etapas del año —explica el antropólogo Gabriel Pozo

Más allá de las connotaciones místicas, la importancia del Sol en la naturaleza siempre fue algo evidente para los pueblos originarios: su potencia, luz y calor les permitía disponer de una serie de conocimientos prácticos que aplicaban en el día a día.

—El Sol les permitía la organización del tiempo diario, así como la organización de las etapas del año —explica Pozo—. Cuando ellos visualizaban el horizonte, veían cómo el Sol avanzaba hacia el norte hasta que, el día 24 de junio, notaban cómo empezaba a retornar. Esa observación era la que identificaban como el Wetripantu, el Año Nuevo mapuche.

Todos los pueblos originarios, con la excepción quizás de los cazadores del sur austral, supieron deducir e interpretar los efectos del Sol sobre la tierra, y su importancia vital para el éxito de las cosechas, es decir, para seguir vivos. Magaña observó cómo los aimaras se fijaban en sus movimientos para augurar el curso de las estaciones, el régimen de lluvias y la fertilidad de la tierra para el desarrollo de cultivos; incluso consideraban sus efectos en la fecundidad animal. Gay observó cómo el Sol —por el brillante resplandor de su luz y la regularidad de su movimiento anual y diurno— ejercía en los antiguos mapuche una influencia constante y activa. Por la tarde, al acostarse, lo saludaban con respeto, y en la mañana, cuando aparecía, manifestaban su júbilo a gritos, regocijándose ante su silencioso fulgor extendido en las tierras de la Araucanía.

 

Texto: José Miguel Martínez

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