La ecóloga Juliana Vianna estudia el genoma de los pingüinos antárticos, en busca de datos que la ayuden a protegerlos de su mayor amenaza: el cambio climático.

El futuro de los pingüinos antárticos no parece alentador. No, al menos, si el ser humano sigue acumulando sin control CO2 en la atmósfera —hoy los niveles son los más altos en cientos de miles de años—, y alterando el clima terrestre. Si no hacemos algo al respecto, cree la ecóloga Juliana Vianna, investigadora de la Universidad Católica, lo que pasará está claro: el aumento de la temperatura provocará que eventos como El Niño sean más intensos y frecuentes, generando mortalidades de peces y desprendimiento de glaciares, que quedarán a la deriva. Los pingüinos tendrán que viajar mayores distancias para conseguir alimentos cada vez más escasos, dejando a las crías solas por largos períodos de tiempo. Algunas sobrevivirán, otras morirán de hambre o devoradas. Se producirán grandes desplazamientos: colonias enteras marcharán en busca de lugares con condiciones ambientales aptas para su supervivencia. Sus números disminuirán notablemente y algunas especies desaparecerán para siempre, incapaces de adaptarse a la nueva era caliente creada por el hombre.

—Estamos al borde de cruzar un punto de no retorno… —dice Juliana, de 39 años, que actualmente vive en Estados Unidos, donde estará un año trabajando como investigadora en la Universidad de California en Berkeley.

La ecóloga Juliana Vianna ha viajado tres veces a la Antártica para estudiar cómo el cambio climático afecta a los pingüinos.

Vianna, doctora en Ciencias Biológicas de la UC, estudia los efectos del cambio climático en varias especies de estas aves bípedas, que habitan en el hemisferio sur, específicamente en territorio insular y en la Antártica. Por eso, ha sido testigo de las consecuencias del aumento de temperatura en su hábitat, que ha sido dramático: en el continente de hielo se ha registrado un aumento de 5 a 6 grados Celsius en los últimos 50 años, convirtiéndose en una de las áreas más afectadas del planeta por el calentamiento global.

Junto a un equipo de investigadores, la ecóloga estudia marcadores genéticos —segmentos de ADN con una ubicación conocida en el genoma— en pingüinos de diferentes especies y colonias. Así, ya fue capaz de determinar las estructuras poblacionales de algunas de las nueve especies que habitan en territorio chileno y antártico, como el Barbijo, el Adelie y el Papua, y de este último pudo distinguir cuatro subgrupos a nivel genético, que se tratarían de especies diferentes.

Hoy están investigando un grupo de genes relacionados con la regulación de la temperatura, para entender la manera en que cada especie fue afectada por los cambios climáticos del pasado, y así proyectar cómo serán perjudicados por el actual. De esa forma, también buscan determinar cuáles especies y grupos de pingüinos tendrán más posibilidades de sobrevivir a las altas temperaturas, y cuáles perecerán. Un mapa genético que ayudará a dar luces sobre el futuro de estas aves, que durante miles de años han evolucionado para adaptarse al frío, pero que no todas están preparadas genéticamente para soportar ambientes cálidos.

—Este cambio climático no tiene precedentes —dice la científica—. En el pasado, las glaciaciones y períodos interglaciares provocaron cambios en las especies, pero se produjeron en una escala de tiempo mucho mayor, dándoles tiempo para adecuarse. El aumento de temperatura que estamos teniendo es demasiado rápido y ha sido causado por la actividad del hombre.

El pingüino es especialmente sensible a estas variaciones en las condiciones ambientales, por lo que se le considera una “especie centinela”: suele dar la alarma sobre cualquier modificación que ocurra en su entorno. Esta sensibilidad se debe a su alta dependencia de los niveles anteriores en la cadena alimenticia. Si uno de esos niveles es alterado, los pingüinos presentarán cambios en su comportamiento, situación que ya ha sido observada por Vianna en terreno.

 

La Antártica ha registrado un aumento de 5 a 6 grados en medio siglo, lo que está afectando seriamente sus ecosistemas.

“Este cambio climático no tiene precedentes. En el pasado, las glaciaciones provocaron cambios en las especies, pero se produjeron en una escala de tiempo mucho mayor, dándoles tiempo para adecuarse”, dice Juliana Vianna.

 

En la península Antártica, cuenta la investigadora, los pingüinos Barbijo y Adelaida han disminuido en cantidad por la escasez de krill —su principal alimento, como también de las ballenas azules—, un crustáceo diminuto que habita debajo de las plataformas de hielo que ya han comenzado a derretirse. Es muy probable que ambas especies hayan iniciado desplazamientos hacia el sur de la península, continente adentro, buscando zonas con temperaturas más frías donde encontrar comida, reproducirse y hacerse cargo de las crías.

Juliana espera publicar sus resultados el próximo año, que incluirán datos genéticos y la construcción de varios modelos de nicho para predecir el desplazamiento de las distintas especies de pingüinos por el aumento de la temperatura. La idea es aportar datos que ayuden a tomar medidas para su protección y conservación. El cambio climático es inminente y la doctora en Ecología plantea que lo único que se puede —y se debe— hacer es intentar modificar la actitud de las personas y los gobiernos: concientizar para que se firmen acuerdos que reduzcan la contaminación, disminuir el consumo de plásticos a nivel mundial, preferir el transporte público, producir menos basura. Medidas urgentes y conocidas por todos que, sin embargo, no terminamos de llevar a la práctica.

—Tenemos que reaccionar rápido frente al cambio climático y no dudar de su existencia, como ha ocurrido últimamente… —dice Juliana, que lo ha visto con sus ojos en la Antártica—. No hay tiempo para cuestionar la ciencia.

 

Texto: Natalia Correa

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