El proyecto liderado por el biólogo Miguel Allende secuenciará el genoma de mil personas y mil especies para crear una gran biblioteca genética de Chile.

Parecemos tan distintos los seres humanos y, sin embargo, somos tan parecidos. Un 99.5% iguales, para ser exactos: no existe una variación mayor entre los genomas de un hombre japonés, una mujer keniata, un adolescente mapuche o un esquimal de Groenlandia. Pero esa sutil diferencia —ese 0.5% de lo que somos— contiene las respuestas a preguntas que la ciencia recién está empezando a delinear. Preguntas que marcarán el futuro humano.

Esas interrogantes son las que obsesionan al biólogo molecular Miguel Allende, de 57 años, director del Centro de Regulación del Genoma y líder del Proyecto 1000 Genomas, el plan de secuenciación genética más ambicioso y diverso que se ha realizado en nuestro país. La meta, de aquí a 2022, es secuenciar por completo los genomas de mil personas —sus 3.200 millones de pares de bases de ADN— y de mil especies animales y vegetales en todo Chile. Un Arca de Noé genética que servirá, sobre todo, como instrumento tecnológico: con ella se creará una biblioteca digital gratuita que podrán consultar investigadores para diversos usos.

El biólogo molecular Miguel Allende en su laboratorio. (Crédito foto: Alejandra Fuenzalida).

Comencemos con los seres humanos. La idea de elegir a mil individuos es crear una muestra que represente genéticamente a todo el país: sus pueblos originarios, sus mestizajes, sus procesos migratorios. Mujeres, hombres, niños y niñas, gente sana y enferma. Esa tarea, que podría parecer titánica —y que será llevada a cabo a través de voluntarios—, tiene un objetivo muy claro: para identificar los marcadores genéticos que hacen que una persona sea propensa a cierta enfermedad, primero hay que comprender las variaciones genéticas comunes  que se repiten en toda la población chilena. Y sus diferencias con el resto del mundo.

—Sabemos que hay enfermedades genéticas, pero no conocemos dónde están exactamente en el genoma —dice el biólogo Miguel Allende—. El objetivo del proyecto es llegar a un genoma chileno de referencia: una secuencia que muestre lo que compartimos y lo que nos distingue de los otros. Con eso podemos descubrir variaciones que existen en enfermedades típicamente chilenas como el cáncer vesicular, que en ningún otro país es tan alto, y que está relacionado con la genética de los pueblos originarios. Si entendemos por qué se genera la enfermedad a nivel genético, podemos tener una herramienta diagnóstica y potencialmente de curación.

Además del cáncer vesicular, cuya mortalidad es más alta en la Araucanía que en cualquier otra parte de Chile, hay otras enfermedades como el cáncer gástrico o algunas afecciones cardiacas que parecen tener una clara relación con nuestro genoma. Pero aún cuando los genes pueden mostrar una “predisposición genética” hacia una enfermedad, explica Allende, eso no quiere decir que ésta vaya a desarrollarse: igualmente influyentes son el estilo de vida o la alimentación del individuo. También existen mutaciones que nos ayudan: hoy sabemos que los aimaras desarrollaron una resistencia genética al arsénico, luego de beberlo durante milenios en el agua, lo que les permite soportar cantidades que matarían a otros hombres. Si conociéramos en detalle cómo funciona la proteína mutante que les da esa protección, dice el biólogo, tal vez podríamos desarrollar alguna especie vegetal o un microorganismo que se alimente de arsénico, para limpiar las aguas del norte. Lo que los biólogos llaman “biorremediación”.

 

La meta, de aquí a 2022, es secuenciar por completo los genomas de mil personas y de mil especies animales y vegetales en todo Chile. Un Arca de Noé genética que servirá, sobre todo, como instrumento tecnológico: con ella se creará una biblioteca digital gratuita que podrán consultar investigadores para diversos usos.

 

Si bien los resultados serán de acceso público, una de las determinaciones éticas de 1000 Genomas —que también está integrado por investigadores del Centro de Gerociencia, Salud y Metabolismo; el Centro Avanzado de Enfermedades Crónicas; el Instituto Milenio de Biología Integrativa y el Centro de Modelamiento Matemático—, es que ningún voluntario recibirá su información genética personal. Allende sabe que ése es un camino que conlleva riesgos.

—Nosotros vamos a crear una herramienta para aportar al sistema de salud o a las políticas públicas. Pero no entregaremos información nivel personal —dice Allende—. Esta información nos abre muchas puertas y podría ser una herramienta de discriminación para empleos o seguros de salud. Hay que tener mucho cuidado con cómo se manejan estos datos.

Miguel Allende y su equipo ya han secuenciado parte de la vida del desierto chileno: peces orestias, plantas y algunas flores.

A Miguel Allende le gusta hablar de la segunda parte de 1000 Genomas como “la naturalista”. Si uno quisiera ser como Charles Darwin, dice, y estudiar la intrincada evolución de las especies, ese camino hoy también está en los genes. El biólogo no esconde su predilección por esta línea del proyecto, que a su vez formará parte de la iniciativa Earth Biogenome Project, un megaplan internacional para secuenciar un millón y medio de especies en todo el planeta. Con un presupuesto de cuatro mil millones de dólares, uno de sus principales objetivos es adquirir información para proteger a las miles de especies que se encaminan hacia la extinción.

—Muchos ecólogos creen que viene la sexta gran extinción, de decenas de miles de especies, a causa del cambio climático y de la pérdida de hábitats —dice el investigador—. Pero más que la idea de resucitarlas algún día, que no es descabellado, cuando tienes poblaciones que van hacia la extinción es muy importante entender cómo puedes fortalecer su pool genético. Así puedes ayudarlas a reproducirse de manera que favorezca su adaptación a los cambios.

En Chile, el proyecto 1000 Genomas va a priorizar especies que estén siendo estudiadas por investigadores en todo el país —ya han secuenciado a unas cincuenta—, que estén en peligro de extinción o que sean elegidas por la gente a través de una consulta ciudadana. También priorizarán especies vegetales relacionadas con la medicina natural, que puedan dar pie a futuros desarrollos médicos. La cantidad de posibilidades, dice Allende, es incalculable. En el fondo, se trata de intentar aprender el lenguaje que está detrás de toda las cosas vivas.

—El ADN es un cuento que cada uno trae adentro, con su historia. Es como si fuéramos cavernícolas y nos pusieran delante de un computador: veríamos la pantalla, el teclado, pero no el lenguaje que tiene por dentro —dice el biólogo molecular—. Lo que perseguimos es descifrar el software de lo viviente, que es el ADN: todas esas instrucciones escondidas que se manifiestan como cosas en el mundo. Entender el software de la vida y aprovechar ese secreto.

 

Texto: Nicolás Alonso

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