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Del panel al croquis: Luis Briones y su incansable amor por el arte y el desierto

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  • 19 Abril, 2021

De la mano de Calogero Santoro, investigador del Instituto de Alta Investigación, queremos sumarnos como Programa Explora de valoración y divulgación de la Ciencia y la Tecnología al tributo del profesor Luis Briones a dos meses de su partida.

En febrero, una noticia remeció los corazones de quienes tuvieron la fortuna de conocer y compartir con el profesor Luis Briones, académico de la Universidad de Tarapacá, investigador innato y amante del desierto, en especial de Pica, quien partía del plano físico terrenal para pasar al trascendental. De su paso por la academia, las innumerables charlas que dictó, así como la relación que tuvo con sus estudiantes, colegas y amigos; queda una huella imborrable.

Un día en los 1970

Recuerda claramente cuándo y cómo sus vidas se cruzaron hace más de 40 años. Él, un recién egresado de arqueología, quedó maravillado con el relato que, Luis Briones, profesor de artes plásticas, pero aficionado desde el ADN a temas vinculados al arte rupestre, hizo en la Escuela de Verano de la época en la ex – sede de la Universidad de Chile (hoy Universidad de Tarapacá).

La manera de presentar su narración era vívida y cercana. Calogero Santoro después de ese primer encuentro pensó que no podía ser de otra manera, Briones era primo del reconocido arqueólogo Lautaro Núñez, con quien de niño excavó y realizó trabajos de campo. De ahí esa pasión por los relatos cargados de miles de años, de experiencias pasadas, de arte ancestral que Briones compartió en esa oportunidad y muchas oportunidades después con Santoro.

Una de las características que maravillaron al joven egresado fue cómo el maestro lograba captar la atención de su audiencia desde la perspectiva de un artista, pero también desde los ojos de los caravaneros de llama, que durante varios siglos antes de la invasión europea del siglo dieciséis se movieron entre la costa desértica del Pacifico, en el norte de Chile, hasta la foresta tropical. Brillante y creativo, lograba poner en movimiento a los geoglifos con su retórica, describiendo al detalle cada obra de arte rupestre que se cruzaba ante su mirada fotográfica, atenta y reflexiva.

Pasaron los años y el profesor de artes se instaló en Cuzco, para especializarse en restauración de arte mobiliar a inmobiliar. Su amor por la preservación y recuperación de los vestigios del pasado lo llevó a buscar manera de “revivir” los geoglifos y ponerlos al servicio de las comunidades locales del presente. Con su formación como artista, como arqueólogo y el entrenamiento en restauración, empezó todo un proceso de puesta en valor de los geoglifos del norte de Chile, que abarcó desde los “gigantes” del Lluta hasta los maravillosos diseños de Chug-Chug ubicados en la ruta entre Tocopilla y Chuquicamata. En esta tarea, destacan sus minuciosos registros, llegando a contabilizar más de cinco mil paneles o sitios con manifestaciones de geoglifos, un arte mayor y exclusivo del Desierto de Atacama, dada las características estilísticas que el profesor Luis Briones logró develar y mostrar al mundo. Con una memoria visual admirable y en tiempos donde la fotografía era un lujo y los aparatos con GPS no se creaban aún, Briones memorizaba cada lugar en su mente privilegiada, recordando con certeza y lujo de detalles dónde ubicaban y como llegar a ellos, ya fuera caminando o en vehículo motorizado. Esto era posible gracias al conocimiento que tenía del territorio.

Un científico al que le gustaba narrar

Aquella charla en los años setenta no fue la única vez en que los destinos de Briones y Santoro se cruzaron. Los años pasaron y entre ellos se forjó una amistad a prueba de arqueología y picantes de mariscos, de dibujos, fotografías, paseos por el desierto y visitas constantes a la casa que el primero mantuvo en Pica en los últimos años de su vida. Los caminos de hermanaron aún más luego de que, en equipo decidieran restaurar el geoglifo de Tiliviche, junto con la especialista Paz Casanova. El maestro, sentado en una banca, con un block y un lápiz comenzó a dibujar el panel a mano alzada. Dos o tres horas más tarde dijo: “listo; estas son las figuras del geoglifo original y estas otras las que se han agregado en los últimos años”. El dibujo que mostró era perfecto, sin borrones, mejor que una fotografía, donde los diseños de las figuras humanas y de camélidos estaban perfectamente dibujadas a escala y en la distribución que les correspondía entre sí. Allí se ratificó su capacidad de llevar al papel las miles de imágenes que se acumularon en sus cuadernos y libretas de campo.

Santoro dice que Luis Briones era un científico al que le gustaba narrar. Los relatos iban con valor agregado, gestos y sonidos onomatopéyicos hacían que sus oyentes se trasladaran, se envolvieran en una atmósfera de sueño y fantasía, pero llena de matices reales. Entretenido, lograba transportarse y transportar a sus oyentes al tiempo y espacios que mencionaba en su narrativa. En cuanto a su legado, destacarán más allá de su vida, su pasión por lo que hacía, la sistematización y la perseverancia por conocer sobre temas que le interesaban. Abierto, cauto, incansable, eran otros atributos que destacan de él.

Los últimos años del maestro fueron en Pica, lugar al que siempre estuvo atado. Allí pasó sus últimos años, hasta llegar a las más de ocho décadas, pero físicamente representaba muchos menos. A su casa llegaban académicos, estudiantes, políticos, artistas… chilenos, extranjeros. Con ellos caminaba con el torso desnudo bajo el sol inclemente del norte, un Inti que a él no le hacía daño como a los sureños. Su piel ya estaba curtida y lo importante en esas caminatas era compartir. Porque el “Lucho” o “Lalo”, como lo conocía todo el mundo, no tenía problemas en contar sus historias en la intimidad del hogar o en una charla frente a un público ávido de arte rupestre, de historias del pasado, de relatos que solo podían nacer de la “Luchopedia”, como Calogero Santoro señala que conoce a su enriquecida memoria. La Luchopedia traspasó las fronteras y es profundamente recordada por Persis Clarkson de la Universidad de Winnipeg quien todos años viajaba desde Canadá para recorrer y repasar el Desierto, fruto de lo cual próximamente saldrá a la luz un libro sobre los geoglifos del norte de Chile.

A dos meses de la partida de este hombre del desierto, Hijo Ilustre de Arica, académico de la Universidad de Tarapacá, y conocedor incansable, la comunidad universitaria que conoció y compartió con él, aún llora su partida.

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