20
Lun, Nov
×

Error

[OSYouTube] Alledia framework not found

Con técnicas de vanguardia exploran efectos del cambio climático en la Patagonia

Opciones de Texto

Dendrocronología y cámaras de policarbonato son utilizadas para medir efectos del calentamiento global en bosques de Aysén. 

El cambio climático es el tema ambiental y económico del momento.  Lo ha sido desde, por lo menos, las últimas dos décadas con creciente repercusión.  Libros, documentales, películas, conferencias, cumbres internacionales e incluso carreras políticas se han sustentado en los hechos (y mitos) de los cada día menos inciertos efectos que tiene (y tendrá) este fenómeno sobre la supervivencia del ser humano.  Y, de paso, sobre las millones de especies que nos acompañan en esta azul bionave espacial que llamamos Tierra.

Hace un par de meses se organizó en Lima la 20ª Cumbre de las Partes (COP 20), para llegar a acuerdos multilaterales. Los ojos del mundo estuvieron puestos en la capital peruana durante las dos primeras semanas de diciembre de 2014, buscando consensos que permitan enfrentar un fenómeno que ha sido definido como la principal tarea ambiental de la humanidad.

A miles de kilómetros al sur de Lima, en la Patagonia chilena, también preocupa el tema. En el austral territorio se están realizando investigaciones que permitan ir dilucidando las incógnitas que persisten. La principal, la respuesta del mundo natural al aumento global de la temperatura. En especial en una extensa área poco intervenida, con la consiguiente obligación ética de preservar tal legado y la oportunidad que representa para la ciencia conocer los efectos ecosistémicos del aumento de las temperaturas en zonas escasamente impactadas por nuestra especie. Algo que, a estas alturas del antropoceno (era geológica actual caracterizada por el impacto global de las actividades humanas), ya es mucho decir.

Tal es el objetivo que se han autoimpuesto dos científicos del Centro de Investigación en Ecosistemas de la Patagonia (CIEP), de la Región de Aysén. Estudiando centenarios bosques de lenga y mediante experimentos controlados y en condiciones extremas, intentan descubrir en el intocado sur austral las respuestas que en Europa, Estados Unidos y otras latitudes, producto de la acción humana a gran escala, son imposibles de encontrar.

Con una particularidad.

Su trabajo lo realizan en la periferia de distribución de las especies vegetales, en este caso en el límite arbóreo de altura. En estas zonas resulta más factible medir los efectos de los cambios globales, ya que un grado más o menos de temperatura puede marcar la diferencia entre la vida o la muerte masiva de los árboles. Una de las preguntas que se hacen estos investigadores es si un aumento de la temperatura global será un incentivo para que los árboles puedan crecer más allá del límite altitudinal actual.

Troncos con historia

Alex Fajardo es ingeniero forestal, doctor en Ciencias Forestales de la Universidad de Montana (Estados Unidos). En el verano de 2007 decidió medir la respuesta de los bosques patagónicos de lenga (Nothofagus pumilio) al aumento global de temperatura en términos de tasas de crecimiento durante los últimos tres siglos. Algo no tan difícil, considerando que una lenga promedio puede llegar a los 300 años, aunque muy por debajo de los 4 mil que puede alcanzar el alerce (Fitzroya cupressoides). Lo que Fajardo quería probar es si el aumento de temperatura global efectivamente ha permitido a los árboles crecer más, especialmente a los emplazados a una mayor elevación, sabiendo que tales individuos están continuamente limitados por las bajas temperaturas. Entonces, ante un aumento de temperatura global, la respuesta de los árboles debería ser un mayor crecimiento.

Para probar tal expectativa accedió a cierta información encerrada al interior de cada ejemplar. Usando una técnica conocida como dendrocronología (estudio de los anillos de crecimiento en los troncos de los árboles) midió el crecimiento anual de las lengas localizadas a mayor altura en la montaña, durante los últimos 2 a 3 siglos. Para ello, extrajo tarugos (verdaderos “testigos” de la influencia del entorno ambiental en las especies arbóreas) de cientos de individuos en el sector de El Fraile, cerca de Coyhaique, entre los mil y los 1.280 metros sobre el nivel del mar y en el área del portezuelo de la Reserva Nacional Cerro Castillo entre los 1.100 y los 1.300 msnm. En cada tarugo Fajardo midió el incremento anual en el ancho de los anillos.

“Lo que pudimos comprobar es que aunque desde el inicio de la revolución industrial (mediados del 1800) se ha producido un aumento en el crecimiento de los árboles, este se detuvo hace 50 a 60 años atrás, justo cuando el incremento de temperatura global debió comenzar a tener efectos” explica Fajardo. Tal constatación empírica contrasta con la lógica del cambio climático: los árboles se deberían beneficiar de una mayor temperatura.

“Esto indica claramente que aunque la expectativa que se ha planteado es que los árboles aumentarán su crecimiento por individuo, podrían haber efectos secundarios del cambio climático que estarían amortiguando tal proyección. Una de ellas sería que el aumento de temperatura también produce mayores tasas de transpiración, es decir, menor humedad disponible lo cual genera otros problemas que antes no tenían” es la tesis del investigador. En el fondo, hoy los bosques patagónicos están en proceso de adaptación al cambio climático para aprovechar en toda su dimensión el supuesto beneficio del calentamiento global.

La vista puesta en el mañana

Como una forma de complementar los hallazgos de Fajardo, la ingeniera agrónoma, doctora en Ciencias Biológicas de la Universidad de Concepción, Frida Piper está mirando hacia el futuro. Evaluar el comportamiento proyectado de los bosques de lenga producto del cambio climático.

Para lograrlo, instaló una serie de cámaras de cielo abierto (OTC, de “open top chambers”) que le permitieron controlar las condiciones de desarrollo de pequeñas plántulas. Mediante paredes inclinadas de policarbonato “se atrapa la radiación aumentando la temperatura interior, produciendo con ello una suerte de micro efecto invernadero, pero, al mismo tiempo, permitiendo que le llegue la lluvia” apunta Piper.

Lo que se esperaba era que el aumento de temperatura y evapotranspiración (sequía) producidas artificialmente por las cámaras afectaran negativamente a las plántulas de lenga, o renovales, como se conocen en Aysén. Pero ocurrió todo lo contrario. “Los plántulas tuvieron mayores tasas de supervivencia y crecimiento en condiciones de mayor temperatura. Es decir, la regeneración de lenga está muy bien preparada ante el cambio climático” explica.

Esta respuesta “positiva” de la regeneración de lenga al aumento de temperatura se diferencia de los resultados “negativos” obtenidos en árboles adultos, lo cual implica respuestas distintas ante el cambio climático según la edad de los árboles. Esto hace más difícil e interesante el estudio de los efectos del calentamiento global en las especies vegetales. Es decir, los efectos del calentamiento global no son tan simples como se creían en un principio.

Metodologías de vanguardia en Patagonia

Toparse con hallazgos que a simple vista pudieran resultar contradictorios, no amilana a estos investigadores. Algo que ha quedado claro es que el cambio climático está teniendo, y tendrá, un efecto concreto sobre los bosques de la Patagonia y eso ya es interesante.

Radicados al sur del sur, Fajardo y Piper han debido recurrir a metodologías poco convencionales para interrogar de la mejor forma el pasado y el futuro de los ecosistemas forestales de este extenso territorio. La dendrocronología y las cámaras de policarbonato OTC no son tecnologías de uso común en condiciones extremas, como las que normalmente se dan en Patagonia. Trabajar a bajas temperaturas, incluso en verano, con un manto de nieve y cargando equipos pesados no es tarea fácil.

“Este trabajo involucra un tremendo sacrificio físico y logístico” señala Piper. Y es verdad. Para recoger muestras o realizar experimentos en condiciones poco intervenidas se debe llegar a lugares donde prácticamente no ha habido presencia humana. Y eso en el Centro de Investigación en Ecosistemas de la Patagona, lo tienen claro.

Porque hacer ciencia en Aysén, territorio de contrastes ecosistémicos y climáticos, requiere mucha curiosidad pero a la vez un alto grado de creatividad para sortear los desafíos que impone la naturaleza. Una naturaleza que no nos ha entregado todas las respuestas que necesitamos como humanidad para reorientar nuestra relación con la biodiversidad.

 

Patricio Segura Ortiz, Periodista. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.