Jorge Pinto: "La diversidad es una de nuestras mayores potencialidades"

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A nuestra diversidad humana, que hace tan distinto al Norte del Sur, debemos agregar la diversidad de paisajes, tradiciones, prácticas culturales, maneras de enfrentar la vida y tantos aspectos que hacen de esta diversidad una de nuestras mayores potencialidades.

Su trabajo ha estado dedicado especialmente a la Historia Fronteriza, Social y a la Demografía Histórica, también tiene trabajos en Historia Colonial de la zona del Norte Chico. Ha sido académico en las Universidades de La Serena, de Santiago, de Concepción, Austral de Chile y de Valparaíso. Actualmente es docente e investigador del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de La Frontera en la Región de La Araucanía.

Le fue otorgado el Premio Nacional de Historia 2012 por unanimidad, en reconocimiento a su trabajo con un marcado carácter regional.

¿Qué le ha aportado el haber desarrollado la mayor parte de su carrera en distintas regiones de nuestro país?

Haber trabajado en regiones ha sido fundamental porque me ha permitido mirar Chile en su más plena diversidad, excluyendo las regiones de Aysén y Magallanes que, lamentablemente, no conozco bien. Me parece que en muchas ocasiones ver Chile sólo desde Santiago le ha hecho mal al país. A nuestra diversidad humana, que hace tan distinto al Norte del Sur, o a mi región –el Norte Chico- de Valparaíso, por ejemplo, debemos agregar la diversidad de paisajes, tradiciones, prácticas culturales, maneras de enfrentar la vida y tantos aspectos que hacen de esta diversidad una de nuestras mayores potencialidades.

¿Qué diferencias y similitudes ve entre la Historia Latinoamericana y la de Chile?

Aunque creo que en muchos sentidos los pueblos latinoamericanos tenemos una historia común, mantenemos diferencias que son muy evidentes. En las cosas que compartimos señalaría una historia marcada por la dependencia de las economías centrales (España, primero; Inglaterra, más tarde; luego Estados Unidos y del Capital Financiero, en la actualidad); una dependencia que se tradujo en pobreza y subdesarrollo y en una actitud de imitación que muchas veces nos alejó de nuestras raíces. Por otra parte, tenemos una disposición frente a la vida que nos permite valorar la solidaridad, la vida comunitaria y la convicción que deberíamos luchar por un destino común, a pesar de las guerras fratricidas que tuvimos en los siglos XIX y XX. Como singularidad destacaría en Chile el apego al orden (una obsesión para algunos), el respeto por la autoridad, una aspiración incontrolable de “ser Europa” en América Latina o alcanzar un desarrollo semejante al que se observa en Europa Occidental y una cierta baja estima que, a pesar del nacionalismo obcecado de algunos, nos hace presumir que algunas de nuestras deficiencias no las podemos superar, al punto de llegar a sostener que nuestros males “son producto de la raza”.

¿Qué entendemos por fronteras dentro de Chile? ¿Qué dinámicas se dan en esos espacios?

Habría cuatro tipos de fronteras: aquellas que nos separan de los países vecinos; aquella que nos distancia de nuestros pueblos originarios, cuyas aspiraciones no hemos logrado satisfacer sobre todo en lo que tiene relación con la reparación de las injusticias que se cometieron cuando el Estado llegó a sus tierras (el caso mapuche es el más ilustrativo o reconocido) y aquellas que separan las regiones que han logrado un cierto desarrollo de las que han quedado rezagadas. En algún momento se habló en Chile de “las fronteras interiores”, para marcar esta separación. Una cuarta frontera podría ser la que divide al mundo rural del mundo urbano.

No se trata de espacios cerrados, todos están influenciados por los espacios vecinos. El mundo rural impacta al mundo urbano; los espacios rezagados a los más desarrollados y, en la frontera mapuche, los pueblos en contacto asumen prestaciones culturales que están a la vista cuando se recorre la región. Sin embargo, cada espacio mantiene dinámicas diferentes, propias de la tradicionalidad en algunos; más cercanos a lo que llamamos modernidad en otros.

¿Por qué se ha interesado en la problemática del pueblo Mapuche?

Porque al llegar a La Araucanía descubrí una historia que no conocía y que muchos en Chile también ignoran. Es una historia de contrastes, de abusos, injusticias, atropellos; pero, también de relaciones complejas que en determinados momentos permitieron la complementariedad entre grupos que se enfrentan a la vida de manera muy distinta. Eso es lo interesante al estudiar las relaciones entre los Estados (el colonial y el republicano) con el pueblo mapuche. Los primeros siempre han intentado imponer subordinación; los segundos han resistido, demostrando una enorme capacidad para adecuarse a los tiempos. Inicialmente recurrieron a la resistencia militar; más tarde, al diálogo y durante el siglo XX a la negociación. Esta última no ha resultado muy eficiente, por eso el conflicto se agudizó últimamente. La esperanza de colaborar a su solución desde nuestra condición de historiador es siempre un estímulo. Es cierto que al hacerlo tomamos partido, nos comprometemos con la causa, a nuestro juicio, de los más perjudicados por la acción del Estado; pero, eso no significa que dejemos de aspirar a mostrar la historia que las evidencias recogidas en nuestras investigaciones nos sugiere.

¿Cómo ha sido el proceso de ocupación por parte del Estado de los territorios mapuche?

Creo que la acción del Estado en La Araucanía fue violenta desde un comienzo. La urgencia de incorporar ese territorio a fines del siglo XIX para subsanar algunos problemas de nuestra economía y a barrer con la “barbarie” que impedía avanzar hacia el progreso, cegó a nuestra clase dirigente, en cuyas manos estaba el Estado. Más grave fue aún que, después de ocupada La Araucanía no se hayan detenido las injusticias y que los abusos cometidos hayan generado un resentimiento no sólo en la población mapuche, sino en otros sectores de la sociedad regional que también se ven postergados. El Estado no logró constituir una comunidad regional capaz de levantar sueños colectivos en torno a una identidad que, en cambio, se observa tan nítidamente en el norte del país, incorporado a Chile al mismo tiempo que los antiguos territorios mapuche.

¿Ha visto cambios en cómo se enseña la Historia en Chile durante los últimos años?

Creo que sí y ésto ha sido obra de la lucha de los grupos olvidados por la historiografía tradicional y de los aportes de historiadores, antropólogos y otros cientistas sociales que han reconstruido nuestra historia mostrando aspectos antes ignorados. Esto mismo nos permite mirar el futuro con más optimismo. Sin duda las nuevas generaciones se están formando de mejor modo que las que vivieron antes de los años 80 del siglo XX.

Cree usted que se debe potenciar la educación pública gratuita y de calidad? ¿Cuál sería la mejor forma?

No tengo dudas de que se debe potenciar la educación pública, gratuita y de calidad. Es una aspiración ampliamente compartida por millones de chilenos; sin embargo no tengo las competencias para sugerir la mejor forma de hacerlo.

¿Cómo se puede encantar a niños, niñas y jóvenes con la Historia de Chile?

Pregunta difícil que podría contestar con más propiedad un educador o profesor de historia con vocación de enseñar. Sin embargo me atrevería a sugerir empezar a enseñar la historia a través de las experiencias de nuestros propios alumnos, sean hombres o mujeres, del mundo más cercano de los niños y niñas que van al parvulario, a la educación básica, media y universitaria. Aprovechar el conocimiento que ellos y ellas han acumulado. Preguntar por sus preocupaciones como miembros de la sociedad en la cual viven, de las fortalezas que ven en ella, de la forma como resolverían nuestras dificultades. Alguna vez lo intenté en la Universidad, pero sin mucho éxito.