Tras las huellas de vida extraterrestre

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La NASA tiene los ojos puestos en Chile. Las zonas extremas del país son una fuente de conocimiento para la agencia estadounidense, que busca en el desierto de Atacama y en los lagos subglaciares de la Antártica la manera de entender las condiciones de vida que podría haber en el espacio.

A fines de septiembre, los aficionados a la exploración espacial despertaron con una noticia de proporciones: la Agencia Estadounidense del Espacio y la Aeronáutica (NASA) anunciaba haber hallado indicios de la presencia de agua líquida en Marte. El hallazgo venía a confirmar estudios anteriores que apuntaban en la misma dirección, y que abrían el debate acerca de la posibilidad de encontrar vida en el planeta rojo.

Lo que la NASA encontró, en estricto rigor, son sales hidratadas en la superficie marciana cuya composición requiere de agua. “Una de estas sales son los percloratos, una variedad muy rara en la naturaleza en general”, explica el geólogo Guillermo Chong, quien lleva años colaborando con la agencia estadounidense desde la Universidad Católica del Norte (UCN). Estos percloratos, tan escasos en el mundo, abundan en el desierto de Atacama, lo que convierte a esta zona del país en un foco de interés para conocer de cerca lo que podría haber en Marte. Hace algunos años, Cecilia Demergasso, directora del Centro de Biotecnología de la UCN, descubrió la presencia de microorganismos en los percloratos terrestres, unas bacterias que no requieren de luz solar ni oxígeno para alimentarse. “Si llegan a encontrar la misma vida en los que están en Marte, estaríamos hablando de algo muy interesante”, grafica Chong.

De Chile al espacio

Chile lleva años cooperando con la investigación espacial. En el desierto de Atacama, tanto la NASA como la Agencia Espacial Europea (ESA) contactan periódicamente a los investigadores de la Universidad Católica del Norte para solicitar su ayuda. Reconocido como el mejor análogo de Marte en la tierra, el desierto chileno se ha convertido en un laboratorio natural para probar la tecnología que se enviará al espacio.

Tanto Chong como Demergasso vienen trabajando con la NASA desde 1997 en estas pruebas. La agencia trae robots para testear en terreno sus distintas funciones, como la capacidad para hacer sondaje, sacar muestras, registrar la profundidad del suelo, filmar y fotografiar, y subir o bajar pendientes. A la fecha, se han probado diversos robots en la aridez del norte con miras a la investigación marciana.

La función de los chilenos, como dice Chong, es “prestar el terreno”: “Ellos nos piden un recorrido de determinadas características, como puede ser un lugar sin vegetación y con fósiles, y nosotros lo seleccionamos de acuerdo a la experiencia que tenemos”. A cambio, la universidad puede utilizar datos recabados por la tecnología extranjera.

Pero eso no es todo: en la Universidad de Antofagasta están iniciando un proyecto de investigación financiado por la NASA que buscará formas de vida en ambientes salinos y rocosos. El objetivo es identificar las características y la distribución de ambientes potencialmente habitables en el Sistema Solar.

Como explica el docente y bioquímico de esa universidad, Benito Gómez: “Si la NASA está interesada en la vida más allá de nuestro planeta, necesita tener experiencia de cómo buscarla en zonas extremas, como las regiones rocosas de la Antártica o la superficie del desierto de Atacama”.

Rumbo a Júpiter

A 2.650 metros bajo el hielo, en la Antártica occidental, existe un lago con una superficie de 20 km2, oculto a los satélites. Hasta fines del año pasado, nadie sabía de su existencia: fue solo en diciembre que investigadores del Centro de Estudios Científicos de Valdivia (CECs), encabezado por el glaciólogo Andrés Rivera, lo descubrieron.

Pero, ¿qué relación puede tener este hallazgo con la exploración de vida extraterrestre? “En el lago hay condiciones que se estima son similares a las que pueden existir en otros planetas o exoplanetas, donde eventualmente podría haber cuerpos de agua con vida extremófila”, explica Rivera.

Aunque se ha descubierto otros lagos subglaciales en Antártica, de momento este –bautizado CECs- tiene ciertas características que lo hacen único: está aislado del mar, tiene una alta presión que permite la existencia de agua líquida a -2ºC, y no recibe luz. Condiciones similares, y aún más extremas, se considera que tiene Europa, una de las lunas de Júpiter que muy probablemente albergue agua líquida bajo su cubierta de hielo.

Bajo la misma lógica, la NASA ha explorado y monitoreado el estudio de otros lagos subglaciales de la Tierra. “Hasta ahora no se ha penetrado ninguno en la Antártica de forma limpia”, explica Rivera. “Se perforó el lago Whillan, pero está muy cerca del mar y en contacto con él, lo que le otorga un ambiente más propicio para la vida. De hecho, hasta se encontraron peces”, cuenta.

Otro de los casos fue el ruso Vostok, cuya investigación arrojó la presencia de más de 3.500 genes de especies biológicas, para ser luego puesto en duda por los métodos de perforación empleados por el equipo a cargo.

Por eso, el desafío que espera al equipo del CECs no es menor. El objetivo es tomar muestras limpias que permitan determinar si existe algún tipo de vida extremófila, una posibilidad que Rivera no descarta: “si en un ambiente tan limitante existen formas de vida, tendremos que estudiar cómo llegaron, se formaron y reprodujeron”, reflexiona. 

Fuente: Revista Chile tiene su Ciencia Nº 6. Diciembre 2015.  Ver otros contenidos de la revista.